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Por qué el abuso sexual persiste en el mundo humanitario: una lectura antropológica del poder
Junio 2026 / Beatriz Mallén Muñoz (Eúnoia Leadership), antropóloga y extrabajadora humanitaria
A finales de 2024, mujeres refugiadas sudanesas en el este del Chad denunciaron explotación y abuso sexual por parte de personal humanitario. Esta semana hemos conocido su alcance: un informe de Médicos Sin Fronteras, revelado por The Associated Press, documenta un patrón de abusos por parte de personal local e internacional, con mujeres y niñas refugiadas presionadas a intercambiar sexo por comida o empleo. Se registraron 59 denuncias; 18 personas fueron despedidas y vetadas. Pero esto ni empieza ni termina aquí. No es la primera vez, y no es solo MSF ni solo el Chad.
La figura intocable
De quienes trabajamos en ayuda humanitaria se espera que seamos casi seres de luz. El antropólogo Didier Fassin lo analizó en La razón humanitaria: la acción humanitaria se sostiene sobre una economía moral en la que una ética de la compasión desplaza a una política de derechos y justicia, y eso coloca a quien ayuda en una posición moralmente elevada que oculta la desigualdad de la propia relación de ayuda. Ese aura tiene un efecto perverso: vuelve impensable el abuso justo allí donde el poder es más desigual.
Pero no somos seres de luz. Somos personas que habitamos los mismos contextos que las demás, con las mismas pulsiones. El deseo de poder no se evapora al entrar en un campo de personas refugiadas: se concentra. Y no afecta solo al personal local, como a veces se insinúa desde una mirada que sigue siendo colonial. También al personal internacional, que a menudo llega investido de una autoridad que nadie discute.
El poder no es un accidente del sistema
Leerlo como una suma de individuos que fallan resulta tranquilizador, pero es un error de análisis. El sociólogo noruego Johan Galtung acuñó el concepto de “violencia estructural” que, más tarde, el médico y antropólogo Paul Farmer llevaría al corazón de la salud global. La desigualdad no es el telón de fondo del abuso; es su condición de posibilidad. Quien controla el agua, la comida, la salud o el empleo controla la vida de quien lo ha perdido todo. Y la ayuda, que entregamos como un don, nunca es un intercambio entre iguales: genera deuda, dependencia, jerarquía. Quien convierte esa deuda en una exigencia sexual no rompe la lógica del sistema: la lleva hasta su extremo.
Casi siempre, un hombre
Hay un dato que el lenguaje neutro tiende a difuminar. En la distribución de la ayuda estamos mujeres y hombres; pero quienes abusan son, de forma abrumadora, hombres. Not all men, pero casi siempre un hombre. El problema no es la masculinidad en sí, sino una masculinidad que recibe poder y no se interroga sobre ella, que vive su posición como un derecho y no como un riesgo. Y no se trata solo de quién comete el abuso sobre el terreno: el poder de decidir, contratar, investigar y narrar sigue concentrado, también, en manos mayoritariamente masculinas. La desigualdad de género no aparece únicamente en el momento del abuso; recorre toda la cadena, desde quién reparte la ayuda hasta quién decide si una denuncia se cree. Nombrarlo no es sospechar de cada hombre, sino negarse a llamar neutro a lo que tiene una dirección muy concreta. Mientras quienes ostentan ese poder no se reconozcan a sí mismos como un peligro potencial, ninguna política lo contendrá del todo. Y las afectadas son, una y otra vez, mujeres y niñas.
Veinte años de protocolos
En el sector humanitario no improvisamos. Llevamos más de veinte años con protocolos —obligatorios y revisados periódicamente—, desde el Boletín del Secretario General de la ONU de 2003 hasta el Estándar Humanitario Esencial, actualizado en 2024. No son un papel para cubrir el expediente: incluyen códigos de conducta explícitos, canales de denuncia, puntos focales de PSEA —protección frente a la explotación y los abusos sexuales, por sus siglas en inglés—, verificación de antecedentes en la contratación, formación obligatoria y protocolos de respuesta centrados en las supervivientes.
Y aun así, falla. En 2018, las revelaciones sobre Oxfam en Haití mostraron a su personal pagando por sexo a supervivientes del terremoto; el responsable había pasado por Liberia, el Chad y Bangladesh pese a denuncias previas, reciclado por un sistema que no comprobó sus referencias. En el Chad, ahora, el propio informe de MSF reconoce que los procedimientos de denuncia fueron mayoritariamente ineficaces y que algunas mujeres callaron por miedo a perder el acceso a una ayuda vital. Cuando la norma existe y la realidad la desmiente, el problema ya no está en la norma: está en la cultura que decide si se respeta, se denuncia o se silencia.
El salvador y la agencia de quienes sobreviven
El escritor Teju Cole describió hace más de una década el complejo del salvador blanco, esa lógica por la que quien ayuda se coloca en el centro del relato y convierte el sufrimiento ajeno en una experiencia que valida su propio privilegio, reproduciendo la vieja dicotomía colonial entre un Norte que rescata y un Sur que espera ser rescatado. Ese relato borra la agencia de las personas a las que dice proteger, las convierte en víctimas mudas, en cifras de un informe, en cuerpos que reciben —ayuda o abuso— pero que nunca deciden.
Las mujeres del Chad no son entes pasivos. Denunciaron, calcularon riesgos y, en muchos casos, callaron porque sabían exactamente lo que se jugaban. Devolverles su condición de personas de pleno derecho —con voz, experiencia y capacidad de decisión— no es un gesto retórico, es la base de cualquier sistema de protección que aspire a funcionar.
Mirarnos
Como antropóloga, mi oficio es observar las culturas desde dentro, también la propia. Y la del sector humanitario ya tiene el diagnóstico y tiene los protocolos; lo que le cuesta es lo más difícil: mirarse el poder sin la coartada del salvador. Reconocer que ese poder también nos atraviesa a quienes ayudamos no debilita al sector; es la única condición para transformarlo.
Tenemos los protocolos. Nos falta el coraje de mirar la cultura que los deja morir en un cajón. Y ese trabajo, el más incómodo, empieza por mirarnos, sin excepciones.
Eúnoia Leadership
Consultoría en liderazgo inclusivo, género y diversidad
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