#HASTALOSOVARIOS
Layla Bellach, intérprete traductora intercultural: “Mi labor es traducir palabras y también ser una facilitadora de equidad en salud, porque sin esta mediación, la persona puede perder sus derechos”
Esta experta en mediación sanitaria reflexiona sobre el racismo en la consulta y la importancia del acercamiento cultural para cuidar de las personas migrantes.
JUNIO 2026 / WGH–Spain Comunicación: Jose Vázquez
Layla Bellach llegó a España desde Marruecos siendo una niña y el total desconocimiento del idioma provocó la repetición de 6º de Educación Primaria. Solo unos meses después de ese suspenso, Layla ya hablaba castellano a la perfección. “A mí, el tema de los idiomas me encanta desde siempre”, confiesa, “y he sido mi propia intérprete en los colegios e institutos, entre los profesores y mis padres, era una cosa tremenda, también en el ámbito sanitario o judicial, lo que era un esfuerzo enorme para una niña”. Para ejemplificarlo, recuerda la primera vez que acompañó a su madre a una consulta de ginecología y le preguntaron por sus relaciones sexuales, algo que ella tradujo de forma completamente distinta porque “yo eso no se lo podía preguntar a mi madre”. “Una de las razones que me empujó a seguir haciendo esto fue que no quería que ninguna niña o niño tuviese que vivir la experiencia de hacer las interpretaciones de sus padres, como hice yo”, añade. Por eso, en la Universidad Complutense de Madrid, estudió Filología Árabe y Hebrea, y poco después inició su carrera profesional en la interpretación sanitaria con la organización “Salud entre culturas” para árabe clásico, oriental, magrebí y rifeño. Ahora, como intérprete y mediadora intercultural, Layla no solo traduce palabras, también interpreta realidades, miedos y derechos en un entorno que, a menudo, es hostil con quien no domina el idioma oficial. Además, estas palabras también forman parte de su tiempo libre, porque le encanta leer y tiene dos recomendaciones: “Sueños en el umbral” (Fátima Mernisi) y “Cien años de soledad” (Gabriel García Márquez).
Para situarnos a nivel idiomático, ¿cuál es su lengua nativa?
El rifeño, que es de tradición oral, no tiene escritura y es una rama del amazig, que también se llama bereber de forma coloquial. No tiene nada que ver con el árabe y su origen es muy anterior porque Argelia, Libia, Túnez y Marruecos son de origen bereber y tenían otras tradiciones, otra cultura y otro idioma. De hecho, la escritura del amazig tampoco tiene que ver con la árabe o con la latina, tiene mucho más que ver con los caracteres, casi me atrevería a decir, chinos, porque son símbolos.
¿Hubo, entonces, también un proceso de colonización por parte de la cultura árabe?
Sí, de hecho, a día de hoy, se ve a la persona bereber como de clase baja, inferior, que no tiene cultura y con una lengua distinta que no conoce la mayoría de población marroquí. Desde el mundo bereber siempre hemos reivindicado nuestra cultura, nuestras creencias, nuestro idioma… Hay muchos políticos de origen bereber que están encarcelados por reivindicar. Somos un pueblo siempre perseguido por parte del mundo marroquí, aunque dicen que no es así, pero lo es.
Usted dejó su país con 12 años y llegó a España. ¿Cómo fue su experiencia como niña migrante?
Cuando llego, para mí es algo completamente diferente, porque vengo de un sitio donde estaba rodeada de mi familia, mis abuelos, mis amigos, el cole… Aquí solo tengo de referentes a las personas con las que puedo hablar mi propio idioma, que son mis padres y mis hermanos. Entro a un colegio donde no conozco a nadie, hablan un idioma que no entiendo en absoluto, ellos a mí no me entienden, lo que me pone muchísimas trabas a la hora de relacionarme. Yo me sentía como la tonta de la clase y me machacaba a mí misma. Lo he vivido como una situación muy agobiante, muy triste, no quería ir al cole y volvía a mi casa mal y diciendo a mis padres que no quería estar aquí.
Y luego aprendió el idioma y se convirtió en la intérprete familiar.
También era bastante duro para mí, en el sentido de decir “otro día que tengo que acompañar a mi madre al médico y ahora qué será”. Era un agobio constante, porque además siendo tan pequeña interpretaba cosas que no eran y cuando volvía a casa, pensaba “he dicho algo que no tenía que haber dicho”. Muchas veces, incluso, me negaba a ir, pero al final acababa yendo.
¿Qué apoyos hubiera necesitado esa niña migrante?
Hubiera necesitado una intérprete que pudiese mediar entre esas dos culturas y esos dos idiomas. Habría sido genial porque yo habría sido más feliz, y habría podido expresarme y decir las cosas que me pasaban. También habría necesitado más paciencia de muchos profesores y que tengan una mínima formación de la cultura de las personas que reciben en sus clases.
Ahora es una de esas intérpretes que hubiera necesitado. ¿Cómo describiría su trabajo?
Principalmente mi trabajo consiste en la interpretación sanitaria en consulta y también la parte de mediar dentro de las consultas, porque no es solo traducir palabras, sino que también es garantizar que la persona sea tratada con dignidad en un sistema que, en ocasiones, es hostil o ciego a otras culturas.
Por tanto, no es suficiente conocer el idioma.
No, hablar un idioma no te hace ser un intérprete profesional. Por ejemplo, en el ámbito sanitario tienes que conocer muchísima terminología médica. De hecho, yo no podría ser intérprete en un juzgado, a menos que me forme en el ámbito judicial. Además, tienes que conocer ambas culturas, porque hay muchas cosas que no son iguales, y tener bastantes herramientas de mediación.
Supongo que precisamente esa es una cuestión clave: el choque cultural.
Sí, por ejemplo, en una consulta con una mujer embarazada de su quinto hijo, la parte sanitaria cuestiona para qué tiene más hijos y que parecen conejos, porque debería dejar ya de quedarse embarazada y tomar algún anticonceptivo. Y entonces yo, como mediadora, tengo que ser neutral a la hora de la interpretación, pero hay momentos en los que tengo que intervenir con un “discúlpeme, pero creo que no conoce a esta persona y la está juzgando” o “¿está seguro de que quiere que interprete lo que acaba de decir?”. Entonces, se dan cuenta de que han soltado una “racistada”.
¿Detecta mucho racismo en el sistema sanitario?
Sí que hay racismo, sería un poco tonto no reconocerlo. Cuando como intérpretes estamos ahí presentes, vemos ese racismo y lo podemos denunciar, pero muchas veces, aparece disfrazado como desconocimiento o con bromas. También cuando una persona migrante solicita algo, hay comentarios del tipo “encima se dedica a pedir cosas”. Es como si consideraran que están haciendo un favor por atenderla en el sistema sanitario, cuando es un derecho universal.
Ante el actual discurso antiinmigración que hay en nuestra sociedad, ¿le gustaría aportar algo como mediadora intercultural y también como persona migrante?
El mundo siempre ha estado en movimiento, nos hemos movido para un lado o para otro y las personas que se mueven nos enriquecen como país. Además, la población migrante es la que menos utiliza el sistema sanitario, solo tienen que ir a fuentes fiables para mirarlo. Las personas migrantes no se mueven por gusto, no quieren irse de su país y dejar a sus familias atrás, y supongo que las personas que se quejan de la migración también tendrán familias que se han ido a otros países para buscarse la vida.
Entiendo por lo que cuenta que su labor está, por tanto, incorporada en el sistema sanitario.
No, no, la interpretación no existe como tal en el sistema sanitario. Nosotras estamos incorporadas en el hospital Ramón y Cajal, porque un médico atendía muchos pacientes que no hablaban su idioma y entonces se creó la asociación “Salud entre culturas”, que se dedica a la mediación e interpretación sanitaria. Pero esto es algo que no existe a nivel autonómico o nacional. En el ámbito judicial, sí que la ley obliga a que haya un intérprete, pero en el sanitario, la ley no obliga a la asistencia de un intérprete para que una persona pueda recibir una asistencia digna. De hecho, a nosotros no nos paga ni la Comunidad de Madrid ni el hospital, solo nos cede el sitio, nos financiamos mediante proyectos públicos o privados.
Entonces, ¿cómo se hace la asistencia sanitaria cuando no se conoce el idioma?
En todos los hospitales de España, se puede llamar a un teléfono de teletraducción para tener a una persona que te haga la interpretación con tu paciente. Se están pagando millones por ese servicio, que es una herramienta buenísima, pero no se utiliza y no sustituye a mediadores intérpretes que también son necesarios. Debería haber más presupuesto para contratar a personas para la interpretación sanitaria y que haya al menos uno o dos en cada hospital. Es muy importante que a las personas las atiendan en su idioma para poder sentirse más seguras y tranquilas.
¿Qué les diría a los responsables de implantar este servicio?
La salud no es solo entenderse más o menos, porque un más o un menos en una traducción médica puede significar un mal diagnóstico, especialmente en temas de salud femenina, donde los síntomas suelen ser ignorados muchas veces. Mi labor es traducir palabras y también ser una facilitadora de equidad en salud, porque sin esta mediación, la persona puede perder sus derechos, como el de ser protagonista de su propio proceso.
¿Alguna cuestión más relacionada con su trabajo?
A los intérpretes, a veces, nos tratan como máquinas de traducir y no se dan cuenta de que somos esponjas emocionales: lo recibimos todo de primera mano tanto de parte del paciente como del sanitario. Y tenemos que gestionar esas emociones, todo ese cacao mental, en cuestión de minutos y es una labor muy complicada. He aprendido dos cosas: la primera es entender que mi presencia es un acto de cuidado y justicia, y que no puedo arreglar lógicamente todo el sistema, pero ese momento de conexión y entendimiento ya cambia la experiencia de esa persona a la que acompaño. La segunda parte es buscar espacios de autocuidado y red con otras compañeras, porque para cuidar de los demás hay que cuidarse a una misma y eso es algo fundamental en este trabajo que hago.
Llegamos a nuestra última pregunta: ¿de qué está hasta los ovarios?
Estoy hasta los ovarios de un sistema sanitario que, a veces, no vela por la salud, por la integridad y por las personas. Y también estoy hasta los ovarios de que me vean como una simple ayudante para entender a la otra persona, no como una figura profesional de la interpretación sanitaria.

