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Helena Montasell, graduada en Estudios Socioculturales de Género e investigadora: “Necesitamos más tiempo en las consultas, más escucha y más participación de las personas afectadas en las decisiones sanitarias”
Su participación en una investigación sobre género y atención sanitaria le hizo tomar mayor conciencia de los roles y estereotipos que todavía se mantienen.
SEPTIEMBRE 2026 / WGH–Spain Comunicación: Jose Vázquez
Helena Montasell i Punsola es graduada en Estudios Socioculturales de Género, se podría decir, por enfermedad. “Yo estaba haciendo Bachillerato e iba cada poco a urgencias con mucho dolor y me decían, esto son los nervios del examen, esto es el bocadillo del patio que no te ha sentado bien…”, recuerda con una frustración más calmada por el paso del tiempo y la certidumbre de la razón. Años después le diagnosticaron endometriosis, cuando ya había abandonado el instituto porque “no podía hacer la vida que hacían mis compañeros y estuve como un año en casa”. Esa decisión supuso no ir a la universidad y optar por la Formación Profesional de Grado Superior en Integración Social, “para ayudar a las demás personas”.
Durante estos estudios, hizo prácticas durante tres meses, en un campo de personas en búsqueda de refugio en Grecia, donde su mirada cambió aún más al observar los malos tratos que sufrían las mujeres refugiadas y cómo se las silenciaba. “Una mujer se quedó embarazada y perdió la criatura, y en el hospital la trataron muy mal por el hecho de ser refugiada”, denuncia. Esta realidad motivó su especialización en Estudios de Género en la Universidad Autónoma de Barcelona.
Cuando terminó el grado, empezó a trabajar en un centro de investigación de la propia universidad, donde participó en varios proyectos hasta que otra enfermedad se cruzó en su camino, la enfermedad de Lyme. “Llevo dos años de baja y tengo que reinventarme porque no sé muy bien qué va a pasar con mi situación laboral, y ahora estoy cursando el máster de Antropología Médica para entender bien qué implicaba estar enferma”, comparte.
Esta capacidad para reinventarse ha construido una Helena profesional y paciente que es activista también en su tiempo libre: organiza un festival para reivindicar la cultura payesa con música, teatro, danza…, en el espacio agrícola de su ciudad. “Es cultura popular, que está desapareciendo, y tenemos que reivindicarla por la importancia que tiene, no se puede perder”, señala.
Su trayectoria profesional y personal se entrelazan de una manera muy significativa. ¿Algún momento que quiera destacar?
Sí, hice prácticas en un campo de personas en búsqueda de refugio durante la llegada más masiva de refugiados a Grecia. Allí conocí una realidad que me marcó mucho y empecé a llevar el espacio de mujeres. Todas decían lo mismo: por ser mujeres refugiadas las silenciaban y no las escuchaban. Yo me preguntaba qué podía hacer con mi vida para contribuir a cambiar aquello. Me gustaba mucho todo el ámbito de las migraciones y fue entonces cuando descubrí el grado de Estudios de Género.
Sobre el ámbito de las migraciones que menciona, ¿algo que quiera comentar?
Que las personas migradas participen en la producción de conocimiento. Muchas veces hacemos investigaciones sobre colectivos vulnerabilizados sin que formen parte realmente de ellas. Y eso genera resultados incompletos. Siempre he defendido que hay voces que se quedan fuera porque los métodos de investigación no están pensados para llegar a determinadas personas. Si queremos comprender la realidad, necesitamos escuchar también a quienes tienen más dificultades para participar.
Hablemos ahora de género. Tras cursar sus estudios, comenzó a trabajar como investigadora en un proyecto sobre género y atención sanitaria dentro de un hospital.
Sí, fue mi primera experiencia y para mí fue espectacular. En un hospital de tercer nivel de Cataluña, íbamos a urgencias, consultas, hospitalización, quirófanos y distintas especialidades, y desde la antropología y el género con una perspectiva interseccional, uníamos las dos miradas para observar las relaciones y circunstancias de género que había en el hospital. Hicimos campo que nos permitió observar y entrevistar a las y los profesionales y, además, revisé los protocolos sanitarios.
¿Qué nos puede contar de los resultados de esa investigación?
Muchas cosas. Por ejemplo, en ocasiones, cuando venían un hombre y una mujer, a pesar de que la mujer fuese la que tenía el problema, hablaba el hombre. O también el caso de un enfermero que era responsable de urgencias y cuando llegaban pacientes, muchas veces no lo tomaban como una autoridad porque era hombre y enfermero. Es como si socialmente todavía existiera la idea de que la mujer tiene que ser enfermera y el hombre tiene que ser médico.
Se mantienen los estereotipos de género.
Sí, veíamos situaciones de desigualdad constantemente. Al final, también observábamos cómo influían el género, la edad, el origen o la identidad en la atención y en las relaciones que se producían dentro del hospital. Teníamos el caso de una persona trans que decía que estaba cansada de que la llamasen por su deadname a pesar del cambio en su DNI o cómo trataban a quienes venían de turismo en urgencia a diferencia de una persona sin hogar que nos decían “esta persona da igual, siempre viene y ya la dejamos aquí”. Luego, está todo el tema del lenguaje que no es inclusivo, trato diferencial en psiquiatría en función de si eres mujer u hombre, también cuestiones culturales, consentimientos informados…
¿Qué cambios considera prioritarios para avanzar hacia una atención más justa?
Lo primero es romper con los roles y los estereotipos de género tanto en el ámbito profesional como en quien acude al servicio. Entonces, hay que romper con estos roles, pero no solo a nivel general, también, cuando te pones la bata profesional, tienes que dejar atrás todos esos prejuicios. No puedes menospreciar a la persona que tienes delante por su género, su identidad, su origen o cualquier otra circunstancia. Y después está la escucha. Creo que es fundamental escuchar realmente qué está explicando la persona que tienes delante.
También participó en una investigación sobre embarazo y cambio climático. ¿Qué nos puede contar de ese trabajo?
Fue muy interesante porque al final el código postal tiene todo el peso, y no el código genético. Veíamos cómo las mujeres modificaban sus propias vidas durante el embarazo. Muchas modificaban hábitos cotidianos como cambiar rutas para no ir por calles con más tráfico y así evitar una contaminación más directa, otras las tareas del hogar o los productos de limpieza o incluso, había quién se planteaba abandonar la ciudad. Pero probablemente lo que más me impactó fue la gran responsabilidad hacia la criatura que llevaban dentro, ante la emergencia climática que se unía a la de los roles de género, e incluso llegaban a padecer eco-ansiedad.
¿Puede profundizar en este tema?
Sí, había mujeres que se preguntaban si era egoísta traer una criatura al mundo con el contexto actual. Hablaban del cambio climático, de las guerras y de la incertidumbre sobre el futuro. Algunas sentían mucha responsabilidad por el mundo que iban a dejar a sus hijos e hijas. Muchas nos decían que en Atención Primaria les recomendaban beber agua o salir a caminar por la noche cuando hacía mucho calor, pero ellas querían entender qué repercusiones podían tener realmente la contaminación o las olas de calor sobre ellas y sus hijos. Reivindicaban más información sobre todos estos aspectos ambientales porque cada vez existen más evidencias de sus efectos en la salud.
Me gustaría ahora hablar de la Helena paciente, que supongo ha influido mucho en la Helena investigadora.
Sí, había momentos en los que me costaba mucho mantener la actitud como investigadora. Yo veía determinadas situaciones de discriminación y pensaba que la Helena paciente y activista querría quitarse la bata blanca que llevaba y salir a defender a la persona que tenía delante. Hay una antropóloga médica que habla de la figura de la “paciente inquieta” y yo me identifico mucho con esa idea. Son personas que quieren participar de forma activa en sus procesos de salud y enfermedad.
Como paciente inquieta, ¿qué le gustaría cambiar de su experiencia?
Yo siempre digo que quien está detrás de la mesa conoce la teoría, pero yo conozco la práctica de mi propio cuerpo. Para mí, lo ideal sería poder trabajar conjuntamente: quien tiene el conocimiento profesional y quien tiene el conocimiento de la experiencia puedan escucharse y construir respuestas conjuntas. Creo que necesitamos escuchar mucho más a las pacientes, porque me habría gustado que me creyeran, pero lo más fácil era decir que todo era psicológico, estrés o nervios.
Está hablando en concreto de la endometriosis.
Sí, fueron años muy duros. Con 17 años yo no podía hacer la vida que hacían mis compañeros. Me fui de viaje de fin de Bachillerato y mientras ellos salían y disfrutaban, yo me quedaba en la cama porque no podía seguir aquel ritmo. Iba a urgencias y me decían que eran los nervios de los exámenes o cualquier otra cosa. Después de muchas visitas encontraron un quiste que estaba a punto de torsionarse y tuvieron que operarme. Cuando me abrieron descubrieron que detrás de todo aquello había una enfermedad. Durante mucho tiempo sentí que estaba perdiendo una parte de mi adolescencia. Esta situación, ya me sirvió para practicar ahora con la enfermedad de Lyme.
¿Qué se debería hacer para que no se repitan esas situaciones?
Educación menstrual desde la escuela. Nadie nos explicaba que la menstruación no tiene que impedirte hacer vida normal. Sí, puede doler, pero un dolor incapacitante no es normal.
¿Alguna propuesta más?
La escucha debería formar parte de cualquier consulta. Porque cuando llegas a una unidad especializada por primera vez te das cuenta de todo el tiempo que has pasado sin que nadie te escuchara. Ahora estoy en una unidad de referencia de endometriosis y la diferencia es enorme. Por primera vez sientes que las decisiones se toman contigo y no sobre ti.
Para terminar, ¿de qué está hasta los ovarios?
De que no te crean y se siga invalidando nuestras opiniones y nuestros cuerpos. Necesitamos más tiempo en las consultas, más escucha y más participación de las personas afectadas en la construcción de proyectos, investigaciones y decisiones sanitarias. Las pacientes también tenemos conocimiento. No el mismo conocimiento que una médica, una enfermera, una epidemióloga o una investigadora, pero sí un conocimiento valiosísimo sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas. Y cuanto antes entendamos que todas esas perspectivas pueden trabajar juntas, mejor funcionará todo.

